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¿Cómo viven?

Crónica

Zahrani: el escóndite

Olía a azufre, a arena, a tierra y a mar. El paisaje era de colores cálidos. El rezo islámico de las 10 de la mañana resonaba por los rincones de Sidón. La temperatura alcanzaba los 39° y al mirar por la ventanilla del auto se veía, al fondo, una escombrera llamada Zahrani, la cual estaba llena de puntos de colores; eran niños, por montones.

Comenzamos a descender por la rampa de la escombrera, cuando a los lejos, comenzaron a correr hacia nosotros 30 niños y niñas, con una sonrisa en el rostro y sus camisas deshilachadas. Todos sirios, migrantes irregulares y víctimas de la guerra.

La primera casa que topamos al descender no tenía techo ni puerta, solamente un par de trozos de madera que servían de muros y dos tapetes en el suelo que se usaban para dormir y orar.

Pasamos a la segunda casa y allí nos bajamos. Los niños se lanzaron a nuestro a encuentro, con sus dientes podridos por la falta de higiene bucal, los cabellos llenos de arena y las manos sucias por la tierra. Nos abrazaron como si nos conocieran de toda la vida o como si precisamente, éramos lo que querían ver.

Nos acercarmos a saludarlos de uno, con los típicos juegos de manos que tanto disfrutaban y haciendo la única pregunta que sabíamos hacer “kayfak” en español: ¿cómo estás?, a lo que ellos contestaban “alhamd lilah”, es decir “bien, gracias a Alá”.

Luego de un par de juegos, comenzamos a sacar las sillas y mesas para el salón espontáneo que armamos unos días atrás. A lo que la directora del proyecto, Reem, comenzó a discutir con Fatima, la esposa de Mohammad, el líder de la comunidad. Se gritaban o eso parecía. Cuando de repente, mientras jugábamos en la cancha improvisada con latas que armaron los niños, apareció la policía: dos patrullas y 5 oficiales. 

Los niños corrieron a los refugios de madera y plástico que habían armado cuando llegaron a Líbano y que ahora eran su hogar. No entendíamos lo que ocurría, pero todos se escondían y algunos niños lloraban.

La directora comenzó a hablar con la policía y después de 10 minutos de discusión, firmó un papel mientras gritaba en voz alta. El oficial lo firmó igual y ella lo cogió bruscamente y se lo metió al bolsillo. La policía dio la vuelta a la pila de escombros y salió.

Ella se acercó a nosotros y nos dijo que debíamos quitar la lona amarilla que hacía las veces de techo de nuestro salón de clases para los niños. Le preguntamos por qué y nos respondió que ni la policía, ni el gobierno querían que las más de 60 familias que habitaban en Zahrani vivieran más allí.

Les habían quitado la electricidad y el agua dos semanas atrás. El trabajo de los padres y de los niños en los semáforos de Sidón no alcanzaba para mudarse a otro sitio. Los estaban sacando del lugar que habían hecho su hogar, donde habían organizado sus casas con la madera de los tiraderos de basura, adobes de la escombrera y adornadas con palos pintados y flores violetas que crecían en el resguardo.

Comenzamos a desmontar la lona, a guardar las sillas y mesas. Los niños ayudaron como si fuera parte de un juego, pero al terminar de bajarla, uno de ellos le pregunto a Reem “¿se acabaron las clases?”. Reem se acercó y le dijo que no podían tener más clases porque la policía se los habría prohibido. El niño, Ahmed, se apartó y escribió con un color en la pared: Fratelli y un corazón. Se volvió acercar y le dijo a Reem y a nosotros que hiciéramos lo posible por volver o encontráramos la forma de sacarlos de ahí.

Luego, en medio del sol y la arena, los niños cogieron flores y nosotros pusimos música. Cogieron botellas tiradas a las afueras de los refugios y las llenaron de piedras y entre todos comenzamos a bailar Dabke libanés, un tipo de música contemporánea que se baila en Líbano.

Disfrutamos los últimos minutos con los niños, al son de la música y repletos de flores. Abrazamos a cada uno y los llevamos hasta los resguardos, donde sus madres los esperaban mientras cocinaban con leña afuera de las casas de 10 por 10 metros donde vivían hasta 12 personas. Los besamos tres veces en las mejillas como es la costumbre y nos despedimos.

Algunos nos persiguieron hasta la entrada y otros se quedaron meneando la mano desde la distancia. En el camino nadie habló. Los materiales de trabajo y las hojas de planeación quedaron en el piso y los colores regados por el auto. No sabíamos si los volveríamos a verlos.

Crónica

Un lugar para vivir 

El día estaba oscuro, frío y lluvioso, las gotas de agua caían de manera suave y esporádica; parecían las 9 de la mañana, pese a que el reloj del celular marcaba la 1:15 de la tarde. Después de caminar un poco más de 15 minutos, por una semi empinada y negra carretera desde el Parque de la Locería, en Caldas (Antioquia), hacia la vereda La Valeria; se logra ver un pequeño puente de cemento y madera; al otro lado de este unas pequeñas casas agrupadas, rústicas y coloridas.

Afuera de ellas se encontraban varios niños jugando con una bicicleta “Leo, Leo” gritaba uno de los niños con un sonoro y extraño acento, mientras el otro disfrutaba de su pequeño juguete móvil. De una de las casas más altas se veía una mujer asomada a la espera de nuestra llegada, Kati, era morena, con ojos cafés y cabello oscuro rizado, tenía unos cachetes redondos, una sonrisa muy amable y expresiva y llevaba puesta una camisa blanca.

Para poder entrar a la casa de esta mujer había que subir una pequeña cantidad de escalas con gran inclinación, y al final de estas, esperando a los visitantes desconocidos una perra de abundante pelaje color gris, quien se encontraba cual guardián, parada en toda la entrada con una firme posición y un ruidoso y agudo ladrido.

Al entrar al pequeño hogar lo primero que se puede ver es la cocina, formada por un mesón blanco con poceta, fogón, una nevera y variaos utensilios de cocina hacia el lado izquierdo de la puerta de entrada. Hacia el lado derecho había una cortina, con varios colores decorándole, que hacía la función de perta de un oscuro y misterioso cuarto, en el cuál compartían espacio los tres hijos de Kati, junto con su madre a la hora de dormir.

Siguiendo el trayecto por la casa se encontraba un espacio con una cama matrimonial color beigs la cual ocupaba gran parte del cuarto, en frente de esta se encontraba el baño y por último se veía el balcón desde el que vimos a Kati minutos antes.

Durante todo el rato que estuvimos hablando con la familia de Kati, nos acompañó un intenso y persistente olor la humedad, cortesía de la quebrada y la combinación de la lluvia con el pasto, olor que se mezclaba con el aroma del almuerzo de casas vecinas.

3 niños y 3 adultos, viviendo en aproximadamente 20 metros cuadrados es muy poco, aparentemente, sin embargo, la familia de Kati, al igual que muchas otras familias venezolanas al llegar a Colombia se enfrentan a vivir en espacios muchos más reducido y en condiciones precarias que incluso pueden llegar a poner en peligro la integridad de quienes están en ese proceso de migrar.

Esta familia nos cuenta toda la historia de su trayecto entre ambos países, y narran que antes de ubicaren en la casa en la que ahora están les tocó vivir en hoteles de la ciudad de Medellín, e incluso en casas de personas desconocidas para evitar que los niños se enfrentaran a tener que dormir en la calle, ya que en ese proceso de viajar de un país a otro en busca de empleo y oportunidades resulta para la mayoría de personas una verdadera odisea.

En nuestra corta estadía de dos horas en esta casa, las personas que allí estaban se estaban arreglando para vivir su tarde, en especial el esposo de Kati quién después de atendernos probablemente emprendería su viaje diario hasta el D1 del parque de Caldas, para vender dulces y varitas de incienso y poder sostener a su familia y llevarles la comida de cada día.

Al hablar de migrantes siempre nos vemos enfrentados a la pregunta de si son o no regulares; en el caso de Colombia cuando nos encontramos con los migrantes regulares la mayoría tienen cubiertos por parte del gobierno gran parte de sus  Derechos Fundamentales, en especial el de la salud y la educación. Sin embargo, la realidad de quienes se encuentran en el país de manera irregular es muy diferente, pues logran acceder, en  la mayoría de ocasiones, a los servicios públicos de educación, pero nunca al servicio de salud y mucho menos algún tipo apoyo o ayuda para acceder a una vivienda pese a que hay normativas y tratados internacionales que buscan evitar ese "limbo" en quienes migran.

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